El palacio Herrenchiemsee en Baviera

Herrenchiemsee

Se respira el lago desde sus aposentes, en concreto, se respira el delicioso aroma del conocido como Mar de Munich, del lago Chiemsee, en la isla Herrenchiemsee, Baviera. Fue, precisamente, la isla más grande de este lago la que Luis II de Baviera, el rey loco, escogió para erigir su Versalles particular, el palacio Herrenchiemsee. Un fastuoso conjunto seguidor de esas líneas arquitectónicas francesas que recuerdan al pretérito absolutismo.

Aunque no llegó a finalizarse dada la ruina del propio soberano, sí se pudo terminar la parte central que resultó ser un calco exacto del modelo francés hasta el punto de las fuentes y los estanques del original encuentran en el Herrenchiemsee su idéntica reproducción.

El llamado Versalles bávaro se comenzaría a construir en el año 1878 siguiendo los diseños de Georg Dollmann. El ala principal se terminó tan sólo 7 años después y ahí quedó el ostentoso sueño del monarca. Cuando en el 1886 la muerte le sorprendiera, su palacio adorado sería tan sólo una pequeña parte del plan original.

Es el interior del recinto el área que mejor demuestra esta situación inconclusa, ya que allí las ricas salas, como la galería de los espejos, el salón de ojo de buey o el de las porcelanas, se ven jalonadas por algunos recintos sin decorar que quedaron a la espera eterna de un dinero que nunca llegaría.

Destacan en el interior del palacio algunos elementos que, imitando el Versalles francés, continúan viviendo sólo en esta parte de Alemania. Es el caso, por ejemplo, de la escalera de los embajadores. Una bellísima réplica de la que fuera la escalera principal en el palacio francés y que, hoy en día, sólo se puede admirar en el Herrenchiemsee, ya que el lamentable estado de la original francesa obligó a su destrucción. También sucedió lo mismo con la pequeña galería de espejos que, en la actualidad, reside únicamente en este palacio alemán habiéndose perdido su referente inicial.

Resulta difícil comprender el bellísimo y suntuoso conjunto sin hacer una pequeña mención al llamado rey loco. Se trata de uno de los personajes más excéntricos de la monarquía bávara, un rey al antiguo estilo del absolutismo que pretendía devolver a los estados alemanes una unión propia del Rey Sol que nunca se produciría. Las desilusiones que en él provocaba la realidad lo obligaron a retirarse a su mundo de fantasías y ensueños. Aquí es donde entra en juego su imponente Herrenchiemsee, un espacio concebido para su uso exclusivo y donde, al fin, el monarca se sentiría libre para plasmar sus oníricos deseos de grandeza.

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